San JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MATEO

PREFACIO

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1.

Son numerosos los que escribieron evangelios, según lo atestigua Lucas diciendo: Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra (Lc. 1. 1-2) (Lc 1,1-2). También lo demuestran las obras que han llegado hasta nuestros días, escritas por autores diversos, que dieron origen a diversas herejías. Tales son los evangelios según los Egipcios, según Tomás, Matías, Bartolomé, de los doce apóstoles, de Basílides, Apeles y otros cuyos nombres sería muy largo enumerar. Ahora, lo único que hay que decir es esto: algunos, sin el auxilio del Espíritu y la gracia de Dios, intentaron redactar una narración ordenada, más que seguir la trama de la verdad histórica; a los cuales se les puede aplicar con razón la palabra del profeta: Ay de los que profetizan por su cuenta, que siguen su propia inspiración y que dicen: Esta es la palabra del Señor, y el Señor no los ha enviado (Ez. 13. 3) (Ez 13,3). De ellos habla también el Salvador en el evangelio de Juan: Todos los que han venido antes que yo son ladrones y salteadores (Jn. 10. 8) (Jn 10,8). Los que han venido, no los que han sido enviados. Porque él mismo dice: Venían, pero yo no los enviaba. En los que vienen, hay presunción temeraria, en los enviados, la humilde obediencia del siervo. Pero la Iglesia, que ha sido fundada sobre la piedra por la voz del Señor, a la cual el rey ha introducido en su tálamo, y por la abertura de su descenso misterioso ha tendido su mano el que es semejante a la gacela y al joven cervatillo -esta Iglesia, como el Paraíso, hace brotar cuatro ríos, tiene cuatro ángulos y cuatro anillos por los cuales, como el Arca del Testamento y la guardiana de la Ley del Señor, es transportada sobre varas inamovibles. (Éx. 25. 10-12) El primero de todos es Mateo el publicano, llamado también Leví, que escribió en Judea, un evangelio en lengua hebrea principalmente para los judíos que habían creído en Jesús y en modo alguno guardaban la sombra de la Ley, a la cual había sucedido la verdad del Evangelio. El segundo es Marcos, intérprete del apóstol Pedro y primer obispo de la Iglesia de Alejandría. Él no conoció de vista al Señor Salvador, pero relató las cosas que había oído predicar a su maestro, ateniéndose más a la exactitud de los hechos que a su orden cronológico. El tercero es Lucas, médico sirio de Antioquía, cuyo Evangelio ha sido alabado. Discípulo también él de un Apóstol, de Pablo, escribió su obra en Acaya y Boecia. En algunos puntos retoma acontecimientos anteriores y, como él mismo lo afirma en su prefacio, relata más lo que ha oído que lo que ha visto. El último es Juan, Apóstol y evangelista, a quien Jesús más amaba, que recostado sobre el pecho del Señor bebió en las ondas purísimas de su doctrina. Sólo él mereció escuchar estas palabras, pronunciadas desde la cruz: He aquí a tu madre (Jn. 19. 27) (Jn 19,27). Estaba en Asia, donde ya pululaban las semillas heréticas de Cerinto, Ebión y los otros que niegan la venida de Cristo en la carne, aquellos que él mismo, en su Carta llama anticristos (2 Jn. 1. 7) , y a quienes el apóstol Pablo fustiga con frecuencia (Rom. 1. 3; 2 Cor. 5. 16; Col. 2. 4) . Por eso casi todos los obispos de Asia y las delegaciones de numerosas iglesias lo urgieron a que escribiera de modo más elevado acerca de la divinidad del Salvador y que se lanzara, por decirlo así, hasta el mismo Verbo de Dios con una temeridad más feliz que audaz. Esto es lo que narra la Historia Eclesiástica (Nota al pié 4: Cf. EUSEBIO, HE III,24,11; IRENEO, Adv. Haer. III,1,1.) Urgido a escribir, por parte de los hermanos, respondió que lo haría si se prescribía un ayuno y todos en común invocaban al Señor. Así se hizo. Y él fue lleno de la revelación y de él brotó ese prólogo venido del cielo: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios (Jn. 1. 1-2) (Jn 1,1-2). Estos cuatro evangelios habían sido anunciados mucho antes, como lo demuestra también el libro de Ezequiel, que describe así su primera visión: Había en el centro como una forma de cuatro animales. En cuanto a la forma de sus caras, era una cara de hombre, cara de león, cara de toro y cara de águila (Ez. 1. 5. 10) (Ez 1,5.10). La primera cara, la de hombre, designa a Mateo quien al comienzo parece escribir la historia de un hombre: Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham (Mt. 1. 1) (Mt 1,1). La segunda designa a Marcos, en cuyo evangelio se escucha la voz del león que ruge en el desierto: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas (Mc. 1. 3) (Mc 1,3). La tercera, la del toro, prefigura al evangelista Lucas que comienza su relato hablando del sacerdote Zacarías. (Lc. 1. 5) La cuarta, a Juan evangelista, que toma alas de águila para lanzarse aun más alto y exponer acerca del Verbo de Dios. Lo que sigue, tiene el mismo sentido: Sus piernas eran rectas, sus pies alados, y doquiera iba el Espíritu iban, y no se volvían en su marcha; su dorso estaba lleno de ojos; y entre ellos corrían centellas y antorchas; la rueda estaba en la rueda y cada uno tenía cuatro caras. (Ez. 1. 4-19; Ez. 10. 1-17) Por eso el Apocalipsis de Juan después de la mención de los veinticuatro ancianos que teniendo cítaras y copas en las manos adoran al Cordero de Dios, (Apoc. 4. 4-6) introduce relámpagos y truenos, los siete espíritus que se mueven por todas partes, el mar de cristal y los cuatro animales llenos de ojos, diciendo: El primer animal semejante a un león, el segundo semejante a un novillo, el tercero semejante a un hombre, el cuarto semejante a un águila en vuelo (Apoc. 4. 7) (Ap 4,7). Y poco después agrega: Están llenos de ojos y repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir (Apoc. 4. 8) (Ap 4,8). Todo esto muestra claramente que sólo hay que recibir cuatro evangelios y que todas las lamentaciones de los apócrifos han de ser cantadas más por los herejes, que están muertos, que por los hijos de la Iglesia, que viven.

Mucho me asombra, mi querido Eusebio, que disponiéndote a partir repentinamente hacia Roma me pides que te dé, por así decir, una provisión para el viaje, a saber que haga una breve exposición de Mateo, concisa en palabras, rica de sentido. Si te hubieses acordado de mi respuesta nunca me hubieras pedido que haga en pocos días lo que requeriría un trabajo de años. En primer lugar, es difícil leer a todos los que escribieron sobre los evangelios y mucho más difícil recoger con discernimiento lo mejor de cada uno. Puedo decirte que hace muchos años leí los veinticinco libros de Orígenes sobre Mateo (NOTA AL PIÉ 8: Fueron compuestos en Cesarea en 246. Conocemos solamente los libros 10 a 17, los cuales comentan Mt 16,13 a 27,63.) y otras tantas de sus homilías y una especie de comentario versículo por versículo, y los comentarios de Teófilo, obispo de la ciudad de Antioquía (NOTA AL PÍE 9: Estos comentarios se han perdido; de él conservamos los tres libros «A Autólico».), también los del mártir Hipólito y de Teodoro de Heraclea, de Apolinar de Laodicea y de Dídimo de Alejandría ( NOta al píe 10: Comentario este también perdido.), y de los latinos Hilario11, Victorino12, Fortunaciano13. Si entresacara de ellos aunque más no fuera algunas cosas, ya sería un escrito digno de memoria. Pero tú me urges a dictar esta obra en dos semanas, al aproximarse la Pascua, cuando ya soplan los vientos. ¡Y además, el tiempo que lleva el dictado, la transcripción, las correcciones, el perfeccionamiento! Especialmente ahora, cuando sabes que habiendo estado enfermo durante tres meses, apenas comienzo a caminar y no puedo conciliar la magnitud del trabajo con la brevedad del tiempo. Por tanto, renunciando a la autoridad de los antiguos que no se me da la posibilidad ni de leer ni de seguir, redacté brevemente un comentario histórico y mezclé aquí y allí algunas flores de interpretación espiritual, reservando para más adelante un trabajo más acabado. Si se me concede una vida más larga y tú al regreso cumples tu promesa, procuraré completar lo que falta, más aún, habiendo colocado los fundamentos y construído en parte las paredes, colocaré una hermosa cúpula. Así te darás cuenta de la diferencia entre la temeridad de dictar de improviso y la perfección de un escrito cuidadosamente elaborado. Sabes bien, y me avergonzaría de tomarte por testigo de una mentira, que dicté este opúsculo con tal rapidez que podrías pensar que leía la obra de otro más que componía la mía. Y no pienses que digo esto por arrogancia y confianza en mi propio talento, sino para mostrarte cuánto te aprecio; prefiero exponerme a las críticas de los doctos que negarte algo que me pides con tanta instancia. Por eso te ruego que si mi estilo es descuidado y no corre tan fluidamente como de ordinario, atribúyelo a la prisa, no a la incapacidad. Cuando llegues a Roma, entrega un ejemplar a la virgen de Cristo Principia, que me pidió que escriba sobre el Cantar de los Cantares. Una prolongada enfermedad me impidió hacerlo y espero poderlo realizar en el futuro. Y te impongo esta condición: si tú le rehusas lo que escribí para ti, que ella encierre en su biblioteca lo que más tarde se escribirá con más perfección para ella.

Mateo 1

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1.

1. Libro de la generación de Jesucristo. Leemos en Isaías: ¿Quién podrá narrar su generación? (Is. 53. 8) (Is 53,8). No pensemos que el Evangelio contradice al profeta y que cuanto aquél dice inefable el otro lo comience a narrar. Allí se trata de la generación divina, aquí de la encarnación. Comenzó por su naturaleza carnal para que a través del hombre empecemos a conocer a Dios.

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2.

2. Hijo de David, hijo de Abraham. El orden está invertido, pero el cambio es necesario. Si hubiera puesto primero a Abraham y después a David, hubiera tenido que repetir a Abraham para seguir el orden de la genealogía. Y habiendo omitido a todos los otros lo llama hijo de éstos, porque sólo a ellos se les hizo la promesa acerca de Cristo. A Abraham: Por tu descendencia -es decir Cristo- se bendecirán todas las naciones (Gn. 22. 18) (Gn 22,18). Y a David: El fruto de tu seno asentaré en tu trono (Sal. 131. 11) (Sal 131,11)

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3.

3. Judas engendró a Fares y Zara de Tamar. Observemos que en la genealogía del Salvador no se menciona a ninguna mujer santa, sino a las que la Escritura reprueba. Con esto quiere mostrar que quien había venido por causa de los pecadores, naciendo de pecadoras borraría los pecados de todos. Así, a continuación, se menciona a Rut, la moabita y a Betsabé, mujer de Urías.

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4.

4. Naason engendró a Salmón. Se trata de Salmón, jefe de la tribu de Judá, como leemos en los Números. (Núm. 1. 7)

Mateo 2

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2. Vimos su estrella en el Oriente. (Mt. 2. 2) Para la confusión de los judíos, para que se enteraran por medio de los paganos del nacimiento de Cristo, nace una estrella en Oriente, cuya futura aparición conocían por el oráculo de Balaam, su antecesor. Lee el libro de los Números (*9). (Núm. 24. 17) Los Magos son guiados por la estrella hacia Judea. De este modo, los sacerdotes después de ser interrogados por los Magos sobre el lugar del nacimiento de Cristo, no tendrán excusa con respecto a su venida.

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5. Ellos les dijeron: en Belén de Judea. (Mt. 2. 5) Hay aquí un error de los copistas. Pensamos que, según leemos en el texto hebreo, el evangelista originariamente escribió: de Judá, no de Judea. ¿Hay acaso entre los paganos otra Belén de la cual hubiera querido distinguir al escribir aquí de Judea? Pero escribe de Judá porque hay otra Belén en Galilea. Lee el libro de Josué, hijo de Nun [23(10)]. (Jos. 19. 15) Finalmente en la cita tomada de la profecía de Miqueas se dice: Y tú, Belén, tierra de Judá. (Miq. 5. 2) (Mi 5,2)

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11. Abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. (Mt. 2. 11) El sacerdote Juvenco resume muy hermosamente en un solo versículo los misterios contenidos en esos dones: «Incienso, oro y mirra, dones que traen al rey, al hombre, a Dios» [24(11)].

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12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. (Mt. 2. 12) Dado que habían ofrecido dones al Señor, reciben una respuesta. La respuesta -en griego chrematisthéntes- no les es dada por un ángel, sino por el mismo Señor, para demostrar el carácter privilegiado de los méritos de José. Ellos vuelven por otro camino porque no debían mezclarse con los judíos infieles.

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13. El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. (Mt. 2. 13) Cuando lleva al niño y a su madre para trasladarse a Egipto, lo hace de noche, en las tinieblas; pero cuando regresa a Judea, no se mencionan en el Evangelio ni la noche ni las tinieblas.

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15. Para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo. (Mt. 2. 15) Respondan los que niegan la verdad de los textos hebreos: ¿dónde se lee esto en los Setenta? No lo encontrarán. Nosotros les diremos que está escrito en el profeta Oseas [25], (Os. 11. 1) como lo pueden probar las obras que recientemente hemos publicado. Podemos también confirmar de otro modo este pasaje a causa de los litigiosos, costumbre que el apóstol Pablo afirma no tener ni él ni la Iglesia de Cristo [26]. (1 Cor. 11. 16) Nosotros presentamos el testimonio de Balaam en el libro de los Números: Dios lo llamó de Egipto y su gloria es como la del búfalo. (Núm. 23. 22) (Nm 23,22)

Mateo 14

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En aquel tiempo el tetrarca Herodes se enteró de la fama de Jesús y dijo a sus criados: Ese es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas. (Mt. 14. 1-2) Uno de los intérpretes cristianos* se pregunta por qué Herodes suponía esto pensando que Juan había resucitado y por eso actuaban en él fuerzas milagrosas, como si nosotros tuviéramos que dar cuentas del error de un pagano o como si la doctrina de la metempsicósis pudiera apoyarse en estas palabras; cuando en todo caso en la época en que Juan fue decapitado el Señor tenía treinta años, y según la metempsicósis las almas entran en cuerpos diferentes después de muchos ciclos anuales.

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Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano. Porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. (Mt. 14. 3-4) La historia antigua narra que Filipo, el hijo de Herodes el Grande -bajo cuyo reinado el Señor huyó a Egipto (*198)- hermano del Herodes bajo el cual Cristo sufrió su pasión (*199), se había casado con Herodías, hija del rey de Petra, pero habiendo surgido ciertos conflictos con su yerno, el suegro tomó nuevamente a su hija y para vengarse de ese primer marido la dio en matrimonio a Herodes, enemigo de aquél. ¿Quién es este Filipo? El evangelista Lucas nos informa más claramente: En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida (Lc 3,1). (Lc. 3. 1) Por tanto Juan Bautista que había venido con el espíritu y la fuerza de Elías (*200), con la misma autoridad con la que aquél había reprendido a Ajab y a Jezabel (*201), reprocha a Herodes y Herodías por haber contraído un matrimonio ilícito, porque en vida de su hermano no le está permitido casarse con la hermana de éste. Prefirió arriesgarse a perder el favor del rey antes que adularlo olvidando los preceptos de Dios.